Hay una pregunta incómoda que tarde o temprano todo empresario debe hacerse: ¿por qué le estoy pagando a mi gente? No es una provocación. Es una necesidad. Porque si la respuesta sigue siendo “por las horas que pasa aquí”, probablemente estás regalando dinero… o perdiendo a los mejores.
Durante años, nos enseñaron a creer que el trabajo se mide en horas. Ocho horas al día, cinco días a la semana. Como si el tiempo fuera sinónimo de productividad. Como si llenar una silla bastara para generar resultados. Pero el mundo cambió. Las empresas también. Y la forma de pagarle a la gente no puede seguir anclada en el siglo pasado.
Hoy, lo que importa no es cuánto tiempo estás, sino cuánto transformas. Cuánto valor generas. Cuánto impacta tu trabajo en el resultado final. Hay quienes hacen en dos horas lo que otros no logran en toda la jornada. Hay puestos cuya decisión puede representar millones, y otros donde un error no pasa de un reporte mal entregado. ¿Tienen el mismo peso? ¿Merecen el mismo sueldo?
Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda. Porque los aumentos al salario mínimo, tan necesarios como justos, han estrechado peligrosamente la distancia entre quienes ejecutan y quienes cargan con la responsabilidad. Hoy, un contador puede estar ganando apenas más que un asistente, aunque uno firme ante el SAT y el otro lleve papeles. Esa es una bomba de tiempo. Una que ya está estallando en forma de frustración, rotación y fuga de talento.
Entonces, ¿cómo se paga con justicia? Con ciencia. Con estructura. Con estrategia. Existen metodologías formales para evaluar cada puesto, asignarle un valor y construir tabuladores coherentes. No se trata de inventar, sino de entender qué conocimientos, qué esfuerzo, qué riesgos y qué decisiones están en juego. Y pagar en consecuencia.
El reto no es menor. Pero seguir ignorándolo es mucho más caro. Porque cuando pagas por estar, premias la pasividad. Cuando pagas por transformar, empujas a tu gente a crecer contigo. Y créeme: en este entorno, la única forma de ganar es teniendo menos gente… mejor pagada, más comprometida y alineada con los resultados.
La siguiente vez que firmes una nómina, hazte la pregunta de nuevo. No por ellos. Por ti. Por tu empresa. Porque el tiempo ya no vale lo mismo. Porque el valor ya no se mide en horas. Y porque seguir pagando igual… es seguir perdiendo.
