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¿Y tú, qué estás haciendo para no quedarte atrás?

Es una pregunta que parece sencilla, pero que puede incomodar a cualquiera que trabaje en una empresa, dirija un negocio o busque superarse en su profesión. Hoy vivimos en un entorno donde el conocimiento caduca más rápido que nunca. Las ideas, las tecnologías, las expectativas de los clientes y la forma de hacer negocios cambian constantemente, y el precio de quedarte quieto es alto: perder relevancia y oportunidades.

La mayoría de las personas asocian el coeficiente intelectual, el famoso IQ, con un número que te clasifica y define qué tan listo supuestamente eres. Pero esa visión es limitada y, francamente, obsoleta. En el mundo profesional, el IQ no es un resultado de un test, sino una práctica cotidiana. Es la disciplina de aprender todos los días, de preguntarte qué no sabes aún, de identificar qué habilidades y perspectivas necesitas adquirir para seguir aportando valor.

En México, el promedio de libros leídos al año es de apenas 3.4. Eso incluye todo tipo de géneros, y solo un porcentaje muy reducido corresponde a contenidos que desarrollan competencias profesionales. Por eso, quienes leen más de seis libros al año, se mantienen informados y alimentan su curiosidad, forman parte de una minoría que entiende que la diferencia no está en el talento natural, sino en la voluntad de crecer.

El aprendizaje real no se trata de coleccionar datos ni de consumir información de manera pasiva. Implica cuestionar lo que crees saber, salir de tu zona cómoda y aceptar que no tienes todas las respuestas. Requiere valentía reconocer que siempre hay algo nuevo que te puede hacer mejor profesional y mejor persona.

Quizá por eso, muchas empresas valoran cada vez más a quienes hacen de la curiosidad un hábito. Son esas personas que no se conforman con la frase “aquí siempre se ha hecho así” y que, en lugar de asentir por inercia, se atreven a preguntar: “¿Por qué?”, “¿Qué otra forma hay?”, “¿Qué pasaría si lo intentamos distinto?”. En la práctica, reservar unas horas semanales para estudiar, reflexionar o intercambiar ideas con colegas marca una diferencia real. No es un lujo: es una inversión en tu futuro profesional.

El coeficiente intelectual no es un título que te cuelgan en la pared. Es un compromiso diario que puede parecer silencioso, pero que con el tiempo se convierte en la ventaja más poderosa de cualquier persona que quiere prosperar en un mundo que no se detiene.

Así que vuelvo a la pregunta inicial:
¿Qué vas a aprender esta semana para crecer y no quedarte atrás?
La respuesta no depende de tu talento natural, sino de tu decisión de avanzar.

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